
La tentación.
Y al doblar la esquina, se dio de bruces con él. Era una persona de talla pequeña y de aspecto buidizo, la cual, vista desde lejos, parecía ser común y corriente, pero había algo extraño en ésta, quizá sus ojos animados y alegres, que en nada concordaban con su semblante taciturno, y cuya disparidad sólo se podía percibir si se lo observaba bien de cerca.
-Perdón –dijo el ejecutivo sin levantar la vista.
-No hay de qué – respondió el otro sonriente-. ¡Ah! Disculpe –volvió a interponerse- ¿Es usted Armando Gómez?
-Sssi… pero, ¿usted quién es? – preguntó el ejecutivo frunciendo el entrecejo. Yo no… no lo conozco. Bah, eso creo.
-No, no, no. Se equivoca –dijo el extraño levantando los brazos y agitando sus manos de un costado a otro, sin dejar de sonreír-. Es más, usted a mí me conoce muy bien –agregó al tiempo que bajaba los brazos y señalaba con el dedo índice hacia el rostro del ejecutivo.
-Le explico –continuó-. Para mucha gente yo soy un pecado. Estupideces, ¿vió? Yo mas bien diría que soy una especie de… ¿Cómo decirlo?... ¡Desafío! –exclamó el languaráz ufanamente.
-¿De qué me está hablando? –preguntó Gómez con impaciencia.
-Se la voy a hacer corta –dijo el extraño con esnobismo y de manera insigne, quien luego extendió sus brazos hacia los costados, como si estuviera a punto de abrazar al que tenía en frente, e inclinó su torso hacia atrás, para presentarse en forma heroica.
-Yo soy “La Tentación”
-¡Usted es un loco! –exclamó el ejecutivo con aire colérico-. Ahora, si me lo permite, tengo que ir a trabajar –trató de apartarlo con el brazo derecho pero el “loco” volvió a interponerse con ahínco, impidiéndole el paso.
-¡No! –gritó- No. Espere, espere –agachó la cabeza y extendió el brazo izquierdo apoyando su mano sobre el hombro del ejecutivo, mientras que con los dedos de la otra mano se frotaba la frente sudorosa. Permaneció en silencio durante algunos segundos, como queriendo recordar algo. El otro lo miraba con desdén.
De repente, dando un salto hacia atrás y chasqueando los dedos gritó eufóricamente.
-¡Ya sé! Usted no puede creer que un hombre vulgar como yo pueda representar algo tan… “abstracto” como la tentación. Pues bien, déjeme decirle que se equivoca –y encogiéndose de hombros preguntó:
-¿Acaso Dios no se presentó ante nosotros en forma de hombre?
-Mire, no sé realmente de que me está hablando ni me interesa saberlo en lo más mínimo –objetó el ejecutivo-. Además, ya le dije que tengo que ir a trabajar ¿me comprende? –inquirió con aire hostil.
-Está bien, está bien. Lo comprendo –se apresuró a decir el hombrecito, quien por fin parecía dispuesto a cejar; sin embargo prosiguió.
-Pero antes dígame una última cosa ¿No me va a preguntar de que manera averigüé su nombre?
-¿Y cómo averiguó mi nombre? –preguntó Gómez de modo sumiso, luego de dar un suspiro.
-Ya le dije, señor. Yo soy “La Tentación” –el hombrecito no dejaba de sonreír. Aquello encolerizó aún más a Gómez.
-¡Déjeme pasar que tengo que ir a trabajar! -increpó nuevamente el ejecutivo.
-¡Ehhh! ¡No es para tanto, hombre! Quédese y charlemos un rato ¿Qué le parece? –sugirió el extraño apoyando sus manos sobre los hombros del otro.
-¡No me toque! –gritó el ejecutivo retrocediendo violentamente.
-¡Ni que tuviera las manos sucias! –espetó el otro sin cejar.
-Mire, ya que me está poniendo nervioso –farfulló Gómez al tiempo que intentaba tranquilizarse, aunque en sus ojos ya había comenzado a traslucirse la ira.
-¿Por qué? ¿Qué apuro tiene? –inquirió el extraño con insolencia.
-¡Déjeme p…! –increpó el ejecutivo entre dientes, a la vez que dejaba caer con violencia su maletín de cuero negro y lanzaba un golpe con toda vehemencia, descargando a través de éste toda su furia, no sólo contra aquel pequeño “bufón”, sino también contra el mundo.
-Oiga, oiga ¿Se encuentra bien? –preguntó Gómez con aire mohíno.
-Sí, sí. Estoy bien… -respondió el hombrecito con dificultad.
-Perdóneme. Lo que pasa es que… no sé. Quizá estoy un poco nervioso, ¿vió? y… -se disculpó el ejecutivo ostensiblemente apenado.
-Está bien, está bien. No hay problema -interrumpió el extraño sin dejar de sonreír.
-¿Quiere que lo ayude a levantarse?
-No, puedo sólo. De todos modos le agradezco –repuso el hombrecito desde el piso mientras frotaba su mano sobre la mandíbula dolorida. Luego se incorporó tambaleante.
-¿Seguro? Se encuentra usted bien…?
-Sí, sí. Quédese tranquilo. Ya le dije que estoy bien. Yo ya cumplí. Ahora si me lo permite, hay alguien a quien debo tentar –dijo el extraño dándole la espalda al otro-. ¡Ah! –Se volvió nuevamente- Me olvidaba. Es probable que en el camino se encuentre con “El Arrepentimiento”.
Y tras pronunciar estas últimas palabras, dobló la esquina y se alejó lentamente, elevando la barbilla, sonriente y feliz, mientras el ejecutivo lo observaba perplejo.