
El Aniversario de Naif.
La apuesta azafata de camisa blanca y provocativa minifalda negra que hacía juego con su cabello recogido en un rodete, y que dejaba ver sus muslos firmes y armoniosamente contorneados, ingresó al compartimiento número doce del segundo vagón de la clase turista, y comenzó a llenar las tazas vacías de ambos pasajeros, con café negro y humeante, sabiéndose incómodamente observada por dos pares de ojos que seguían sus movimientos como si en realidad se trataran de cuatro bolas imantadas, y sus piernas, el norte magnético. Había tenido que esmerarse mucho para no toser debido a la concentración densa y nociva del humo que provenía de la pipa de uno de los viajeros. A pesar de todo, mantuvo constantemente la sonrisa dibujada en su rostro, elevando forzosamente los pómulos y arrugando sus mejillas mucho más de lo que lo hacía habitualmente.
Pero no eran sólo las miradas obscenas lo que la perturbaba, sino también el silencio, tan intenso y sólido que hasta podía observarse a contraluz.
Tras cumplir con su trabajo, y luego de pedir permiso a los ocupantes del compartimiento forzando una voz tan cálida y tenue como se lo permitía el momento, se alejó a lo largo del pasillo agradablemente alfombrado, respirando aliviada, y cerrando la puerta tras de sí.
-Dos cosas humeantes acaban por ser sofocantes- dijo Knife, el de más edad, improvisando una rima absurda al tiempo que hacía a un lado la pipa, a lo cual el joven acompañante, quien a pesar de que nunca había sido engatusado por aquel vicio tan dañino para los pulmones, encontraba agradable el aroma a tabaco quemado que surgía junto al hilo de humo azul desde el interior de aquella cacimba del siglo XIX, asintió sonriendo-. Ahora dígame, ¿En qué estábamos? –inquirió el viejo luego de beber un sorbo de café.
-Me estaba hablando de su amigo… -dijo el otro chasqueando los dedos a la vez que intentaba recordar un nombre.
-¡Ah, sí, sí! ¡Que idiota! Lo había olvidado –interrumpió Knife-. Como le decía, con mi amigo nos conocemos desde pequeños. Prácticamente desde que tenemos uso de razón –bebe otro sorbo de café sin advertir que algunas gotas se derraman en su corbata lisa de cretona color marrón –Siempre habíamos sido muy compinches –prosiguió- Hasta compartíamos el mismo apellido, mire. Íbamos a todos lados juntos, como el perro y la garrapata, como el hombre y su sombra –en su rostro orgulloso se dibujó una sonrisa de melancolía –Nos confiábamos nuestros secretos más íntimos mutuamente, aquellos que iban desde la aventura hasta la desventura. Sin duda, sentíamos un gran aprecio el uno por el otro-. Al decir esto último, su voz apareció más quebrada, como si estuviera a punto de comenzar a llorar. Miró a través de la ventana del compartimiento, mientras sostenía la taza con café entre sus manos, y observó por un instante, el paisaje campestre envuelto por un resplandeciente cielo azul que surgía gigante desde el horizonte que el tren iba dejando atrás, desplazándose a lo largo de una vía cuyo riel se bifurcaba, para luego volver a converger a los pocos metros de distancia. Podía observar las grandes plantaciones de dorados girasoles, que como pequeños e infinitos planetas, se entregaban sin quejas ni restricciones, al poder absoluto de su dios más fiel, la estrella madre, fuente de toda vida.
Algo más alejadas, una miríada de plantas de trigo bailoteaban al compás de la suave brisa, y formaban especies de marejadas secas en medio de un océano vegetal.
El joven acompañante percibió al instante el aroma fosco de la situación, y para impedir que el sinsabor de aquellos recuerdos empañara omnímodamente los ojos vidriosos del viejo, decidió reestablecer el diálogo, recurriendo a una semi-digresión.
-¿De dónde me dijo que era su amigo? –preguntó tímidamente.
-Perdón ¿Cómo dijo? –la voz de Knife se oyó ausente pero firme a la vez.
-Preguntaba que de dónde es su amigo.
-¡Ah! Es de Las Flores –respondió el viejo sonriendo-. ¿Qué? ¿No le había dicho?
-No, creo que no.
-Pues entonces le pido disculpas. Se me debe de haber olvidado –dijo el señor Knife apoyando amistosamente su mano sobre la rodilla de su acompañante.
-¿Conoce Las Flores?
-Sí, conozco. ¡Bah! A decir verdad la conozco de pasada. Fue en cierta ocasión en que me dirigía con mis padres a Azul, a visitar a unos parientes lejanos ya difuntos.
-¡Azuuul! –exclamó Knife, como queriendo abarcar todos sus sentimientos hacia aquella ciudad bonaerense en una sola palabra – La bella e incomparable Azul. Sin lugar a dudas, una de las ciudades más lindas de la provincia de Buenos Aires.
El joven asintió.
-Aunque no hay que ser injustos –prosiguió Las Flores también es muy hermosa. Especial y hermosa. Pero bueno, nos estamos desviando de lo que realmente nos compete. Por lo tanto, dejemos esto de las ciudades para otro momento, y volvamos a lo nuestro –dijo Knife, para de ese modo poder continuar con su relato. –Como le estaba diciendo, con mi amigo éramos muy compinches, existía mucha confianza entre los dos, hasta que algo muy grave sucedió. Esta vez el tono de su voz se volvió misterioso. El otro hizo una mueca. Knife prosiguió.
-Algo que nos marcó para siempre, y sobre lo cual sólo él y yo sabemos la verdad –hizo una pausa esperando que el otro lo interrogue acerca de lo sucedido. Quería hacer su relato, una historia atrapante. O al menos, el joven así lo entendió.
-Y que fue lo que sucedió, señor Naif? –preguntó entonces para complacerlo.
-Un asesinato –dijo el viejo en voz baja. El joven arqueó las cejas en un gesto de asombro y su rostro se oscureció.
-Sí, así como lo oye mi querido… ¿cómo dijo que se llama?
-Víctor.
-¿Víctor qué?
-Víctor Timoteo Mazzeo. -respondió el otro con suspicacias.
-¡Que coincidencia! –dijo Knife de un modo apenas audible.
-Disculpe, ¿Cómo dijo?
-¿Quién? ¿Yo? ¡Ah! No. No, nada. Debo de haber estado pensando en voz alta. Suelo tener eso por costumbre.
Mientras tanto, Mazzeo no se animaba a preguntar quién había cometido el ilícito, por temor a que la persona que se encontraba frente a él, confesara ser homicida. Pero al parecer, el señor Knife había percibido la angustia en el semblante sombrío del joven.
-¡Pero pierda cuidado! No vaya usted a pensar que he sido yo el ejecutor del crimen –dijo entonces como alegando, al tiempo que levantaba sus brazos y dejaba ver las arrugadas palmas de la mano.
-De ningún modo, señor Naif; de ningún modo –dijo el joven ahora visiblemente mucho más tranquilo –Pero dígame, ¿cuándo ocurrió lo del asesinato?
-¡Uhhh! Hace muchos años –respondió Knife. Es más –prosiguió-, ocurrió hace exactamente diecisiete años.
-¡Ah, ya hace bastante! –Dijo Mazzeo con un gesto de sorpresa-. Pero dígame, ¿la policía nunca descubrió que el había sido homicida?
-En un momento llegó a ser juzgado como uno de los máximos sospechosos de la causa –respondió el señor Knife con seriedad- pero nunca pudieron probar su culpabilidad. Ni las escasas pruebas con las que contaban, ni el relato de una única testigo que argumentaba haberlo visto, bastaron para condenarlo.
-¿Pero, usted cómo sabe que fue él quien cometió el crimen? –inquirió el más joven ahora mucho más intrigado.
-Como ya le dije, él y yo éramos grandes amigos; amigos inseparables y de toda la vida –el viejo hablaba arrastrando las palabras-. Con el correr de los años, aprendí a descifrar cada uno de sus gestos, cada una de sus miradas, y estoy cien por ciento seguro que él hizo lo mismo con las mías. Ante mi, él no podía disimular nada, y yo tampoco podía hacerlo ante él, pues éramos la misma carne, el mismo alma –en eso, una lágrima comenzó a deslizarse lentamente por la mejilla irregular del viejo, aquella que venía postergando su advenimiento desde hacía ya un buen rato, cosa que obligó al señor Knife a enjugarse los ojos con un pañuelo blanco opacado por el paso del tiempo, pero no a detener la marcha del relato-. Por lo tanto, no fue necesario que me lo dijera textualmente. Lo supe desde el primer momento en que habló en tercera persona acerca de lo sucedido, y si aún me quedaba alguna duda –continuó- la despejé al leer, un día después, la noticia en los diarios.
Knife se detuvo y observó por un breve instante a su joven acompañante, y al ver que éste aún permanecía impasible y con el rostro azorado, prosiguió.
-Sucedió una noche del mes de junio. Como le había dicho anteriormente, hace exactamente diecisiete años –bebe la última gota de café que quedaba en su taza, la cual por último depositó solícitamente a un costado de su asiento, para luego cruzar los brazos sobre su pecho. Víctor, mientras tanto, permanecía en silencio, con los codos apoyados sobre sus rodillas, las manos entrelazadas, y sus ojos azules, clavados en un indefinido punto X- Él había trabajado en una importante empresa textil durante veinte años –continuó Knife-. Era como su segunda casa. Allí no sólo se había ganado su vida, sino que también se había hecho buenos amigos, sí, sin duda era como su segunda casa –repitió con énfasis-. Knife hizo una pausa y volvió a mirar a través de la ventana; a lo lejos se podía vislumbrar una enorme fábrica cuyas torres gigantes y oxidadas despedían una humareda metífica, y a sus espaldas, el sol se estaba poniendo en el horizonte, y el cielo se teñía de un bello color naranja que se mostraba en todas sus tonalidades, y cautivaba la vista de quienes lo observaban, salvo la del señor Knife, quien en ese momento sólo se concentraba en el relato de los hechos-. Hasta que un día como cualquier otro, los dueños de la empresa decidieron despedirlo, ¿y sabe por qué? –preguntó en tono mas elevado.
Mazzeo negó con la cabeza.
-¡Por viejo! ¡Já, já! ¡Por viejo! –exclamó Knife al tiempo que se recostaba sobre el respaldar de madera del asiento del compartimiento. El joven lo miró asombrado y nervioso. El cariz de la atmósfera era de tensión, y por un momento, Mazzeo sintió deseos de marcharse para poder rehuir de la compañía de Knife inventando cualquier excusa, sin embargo se contuvo.
-¡Señor –prosiguió el viejo- creemos que debido a sus condiciones físicas, usted ya no puede rendir de acuerdo a nuestras exigencias! –al decir esto último, el señor Knife se puso de pie. Grande fue el susto cuando el tren se topó con un riel en desnivel, lo que provoco que el viejo perdiera el equilibrio y se tambalee de un lado a otro junto con los seis lados del compartimiento. Este sin embargo, logró sobreponerse a la embestida aferrándose a las paredes del pequeño recinto, empleando todas sus fuerzas, con los diez dedos de las manos.
-¡Tenga cuidado! –gritó Mazzeo al tiempo que se incorporaba de un salto. Ahora ambos estaban de pie, uno frente a otro. En ese momento, el joven advirtió, no sin sorpresas, que el torso de Knife era mucho más ancho y robusto de lo que suponía. Aquella imponente robustez lo estremeció.
-Já, já! ¡Señor, usted es un viejo inválido, eso es usted, un viejo inválido!
-¡Tranquilícese!
-¡Y ustedes son unos oligarcas mal paridos!
-¡Ya cálmese!
En ese momento, Knife metió la mano en uno de los bolsillos internos de su elegante saco azul oscuro, y extrajo el pañuelo blanco con el cual secó su frente transpirada. Luego puso los brazos en jarra, y dirigiendo la mirada hacia el techo insípido del compartimiento, dilató las ventanas de la nariz hasta más poder, como si quisiera adueñarse de todo oxígeno del lugar. Mazzeo aguardó en silencio a que el viejo continuara.
-Y claro –dijo- como usted debe saber, lo peor que a uno le pueden decir es que ya es un viejo acabado. No. Eso sí que no. Con aquello no se jode, mi viejo. Es por eso que al salir de la oficina de uno de los nuevos dueños, lo primero que hizo fue destrozar en cientos de pedazos el cheque que minutos antes le habían entregado para el cobro de una parte de la indemnización. Total ¿qué importancia tenía el dinero en aquel momento? –preguntó Knife sin aguardar respuesta de parte de su acompañante.
Luego, y como era de suponerse –aclaró- se dirigió hacia el bar más cercano, en donde se dispuso a olvidar –hizo una pausa mientras que con el brazo derecho rodeaba el cuello del infausto Mazzeo-. Pero el elíxir falló.
Ya en horas de la madrugada, comenzó a caminar calle abajo en dirección a su casa –Víctor empleaba todas sus fuerzas para poder escapar de las garras de un maniático señor Knife-. Fue en ese momento, quiero decir durante el trayecto, cuando se cruzó con un hombre que al parecer caminaba sin rumbo fijo, y fue ahí cuando, sin pensarlo dos veces, tomó al desdichado hombre por detrás, y con toda su furia clavó su cuchillo en la espalda del pobre diablo –Víctor lanzó un gemido agónico que se elevó desde lo más profundo de un alma sobrecargada de temor, al tiempo que intentaba pronunciar en vano, las que serían sus últimas palabras-. Pero no sólo una vez, sino ¡cinco veces! –exclamó Knife haciendo un gesto con la mano, acompañado por el ruido seco que produce un cuerpo al desplomarse sobre el suelo.
-Viejo las pelotas- murmuró el viejo lleno de ira a la vez que azotaba una puñalada tras la otra sobre el cuerpo del inerme señor Víctima.
“Buena prótesis para un hombre que se negaba a ser un paria más dentro de la sociedad”, pensó.
-Luego dejó caer el cuerpo en medio de la calle y arrojó el cuchillo ensangrentado por una alcantarilla-. El señor Knife hizo una pausa y se detuvo a observar a su compañero que, impasible, yacía sobre un charco de sangre.
-Es así mi amigo –prosiguió- con el orgullo no se jode-. En ese momento el viejo arrojó su cuchillo sin huellas dactilares a través de la ventanilla del compartimiento, y guardó su pañuelo blanco teñido de rojo en uno de los bolsillos internos de su elegante saco de color azul oscuro, para luego alejarse de la escena del crimen, jactándose de su triunfo, y mezclándose entre la gente que, indiferente a los hechos, se aglomeraba frente a una de las puertas de un tren que poco a poco aminoraba su marcha, hasta detenerse en una soleada estación.
Hace exactamente diecisiete años, pibe. Diecisiete años- murmuró Knife sonriendo.