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La historia que todos saben pero que nadie contó sobre el Escritor y la Morocha. 

            Por las noches, solía sentarse en su sillón de pana rojo, bajo la luz de una lámpara para leer enormes libros que guardaba en su antigua biblioteca, hasta que sus ojos se cerraban por completo y ciertas imágenes se filtraban en su mente. Dichas imágenes formaban parte de un sueño que noche tras noche lo acosaba y provocaba en él un insomnio desgastante. En el sueño se veía a si mismo caminando a orillas de un río de aguas cristalinas, lejos de la penumbra soledad y de la monotonía de la mansión en la cual todos los días eras grises y desolados, en compañía de una bella pero inalcanzable mujer, a quien a menudo tomaba de su mano y la arrastraba hacia las profundidades del río a medida que ambos se perdían en el infinito y desaparecían bajo las aguas que luego se evaporarían transformando el lugar en un desierto sofocante en el cual ambos morirían.

            Durante el día, solía vagar por la lujosa mansión la cual había heredado años atrás, intentando vencer su soledad intensa y deprimente. Sólo cruzaba algunas palabras con la vieja criada quien se encargaba de las tareas elementales del hogar mientras él se encerraba en su pequeño taller elegantemente amoblado y pasaba largas horas fabricando barquillos de metal dorado los cuales más tarde fundiría y armaría infinidad de veces. Ni el dinero ni el lujo fruto del abolengo, podían compensar la desazón que en aquel hidalgo provocaba la falta de contacto con la gente debido a su encierro y su temor de ser rechazado. Vivía apartado del resto del mundo. El y su mansión conformaban su mundo, el intempestivo e irreal.

             Ya cansado de su angustia y de su estado de soledad en el punto más alto, se dispuso a conquistar su sueño más lejano: la morocha. Para eso decidió aplicar un método según él, infalible: el de seducir por medio de las palabras. Dicho método, basado meramente en lo literario, consistía en escribir un libro en el cual narraría sus sentimientos hacia las morochas, y cuyos párrafos convergieran en la seducción. De esa manera, siguiendo su propósito, con un dominio absoluto y por tanto admirable del vocabulario y de las técnicas de escritura comenzó su trabajo, hasta que por fin, luego de tres días y tres noches de insomnio durante los cuales no comió ni bebió ni se detuvo siquiera para fabricar barquillos de metal dorado, concluyó su obra.

            Cuatrocientas veintiséis páginas. Si, cuatrocientas veintiséis páginas fueron las que el hombre solitario escribió inspirándose en las morochas. Jamás imaginó que aquel libro, espejo de la genialidad que para muchos ignorantes se asemejaba al fárrago, en el cual, acudiendo al uso casual y a su vez ilimitado de neologismos y alegorías, describió sus sueños, sus desventuras y sus fracasos en sus intentos por conquistar el amor de la mujer tan deseada, podría llegar a alcanzar semejante éxito. Pero lo que más cautivó a las personas fue la parte en la cual describió físicamente a la morocha, utilizando sin restricciones un toque sutil de erotismo.

            En pocas semanas el libro sobre las morochas se convirtió en un best-seller indiscutido.

            Cientos de morochas de todas partes del mundo se agolpaban en las librerías seducidas por el escritor con intenciones de conseguir un ejemplar de la obra que las consagraba por la cual eran capaces de pagar cualquier fortuna.

            Con el correr del tiempo, no sólo las morochas se vieron interesadas por el libro sino que también los hombres, las rubias y las pelirrojas hacían largas colas con el propósito de adquirirlo absorbidos por la curiosidad.

             Como era de suponerse, debido a que siempre ocurre, el éxito derivó en la fama, y aquello, a su vez, en la metamorfosis del escritor, quien de un día para el otro pasó de ser un petiso insignificante a ser un hombre tan pequeño como inteligente; dejó de ser calvo y se convirtió en un hombre sin un pelo de tonto; pasó de ser feo a ser una persona de aspecto muy especial; su mirada dejó de ser triste y angustiosa y se convirtió en el espejo de la inteligencia y la sabiduría.

            Fue tal la fama que alcanzó D.R. gracias a su obra que en sólo una semana ya había aparecido en las cadenas más importantes de radio y televisión de todo el mundo, con las cuales firmaba contratos cuyas cifras exuberantes escapaban a la razón de la gente común y corriente de aquel entonces. En todas sus presentaciones aparecía rodeado de una docena de hermosas morochas fascinadas, quienes se prestaban gratuitamente para la aparición.

            Los hechos ulteriores fueron de prever. Ya rodeado de gente poderosa y empresarios millonarios que pugnaban por representarlo, tuvo miedo de la desidia desmesurada de aquellas personas que sólo querían aprovecharse de él y de cierto sector de la presa que no cesaba de fustigarlo, no sólo por su manera poco convencional de escribir sino también por sus continuas digresiones durante las conferencias de prensa; aquello provocó que su gloria se transformara en desdicha, lo cual obligó a D.R. a refugiarse en su mansión con el fin de deshacerse de las presiones que acompañan a la fama.

            Era una tarde como otras. El cielo estaba despejado y el sol quemaba fuertemente sobre el pavimento y sobre las cabezas y los hombros de cientos de morochas que habían acampado alrededor de la mansión con esperanza de ver, aunque sea por última vez al afamado escritor, quien las había consagrado como nunca nadie antes lo había hecho.

            Exceptuando el bullicio provocado por el gran número de mujeres amontonadas en el lugar, la ciudad estaba tranquila y la gente, acostumbrada ya a convivir con aquella manifestación, se preparaba para la siesta dominical de las tres de la tarde.

            De pronto, cuando uno menos lo esperaba, Diego Ramírez, Dalmiro López, Daniel Ritz, o como sea que se llame, se hizo presente ante la multitud de morochas agolpadas en la vereda y en la calle. El marco dorado de sus quevedos enceguecían las miradas femeninas al contacto con los rayos del sol. Su efigie taciturna se perdía entre la inmensidad de la mansión y de los fustes gigantes que grises se erguían. Con un movimiento lento y débil, extendió su brazo derecho, y señalando hacia el infinito desde el vano de la puerta gritó: ¡Allí está la morocha!. Todas las cabezas giraron al mismo tiempo en dirección a una desentendida mujer que caminaba con rumbo desconocido y como quien no quiere la cosa, y cuyo cabello dorado sobresalía del resto de las oscuras cabelleras.

            Una por una comenzaron a ponerse de pie, boquiabiertas, al tiempo que la mujer deseada, ahora al tanto de la situación, caminaba por entre las mantas, los radiograbadores y los víveres que se desparramaban por el suelo, y se acercaba con aire triunfal al encuentro con el escritor. Su cabellera al viento era como un destello de luz medio de la oscuridad. Su piel rosada se distinguía como un tapiz de seda en medio de la nada.

            Por fin llegó al último escalón de la escalerilla de entrada y ante la envidia y las miradas desconsoladas de todas las morochas allí presentes, atravesó la puerta tomada de la mano sutilmente por D.R. y como perdiéndose bajo las olas del mar ingresó a la mansión de la cual nunca más volvería a salir por el resto de sus días.

             Pasaron las marejadas y las manifestaciones multitudinarias de parte de las morochas ultrajadas, a través de las cuales expresaban su disconformidad por tan absurdo final. Quedaron archivados para siempre las denuncias que varias morenas enfurecidas, llegando al extremo, habían hecho en contra de D.R. alegando que éste había jugado con el orgullo y la esperanza de las personas, sintiéndose heridas en lo más profundo del alma, y muy pronto el tiempo borró el recuerdo de un célebre y solitario escritor.

             Lo cierto es que hoy, la mansión sigue intacta, como hace treinta años atrás, y hay quienes aseguran que aún se encuentra habitada por un melancólico escritor que durante el día se encierra en su pequeño taller elegantemente amueblado, y pasa largas horas fabricando barquillos de metal dorados, y por las noches se sienta en su sillón de pana rojo, bajo la luz de una lámpara para leer enormes libros que luego guarda en su antigua biblioteca, mientras una joven mujer de cabellos dorados y piel rosada repasa una y otra vez, junto a él, las páginas de un libro que aún hoy seduce a decenas de morochas desesperanzadas, mientras que el brillo plateado de la luna que como celofán se recorta sobre el cielo plagado de estrellas fieles y tan lejanamente incandescentes, ilumina con timidez a un mundo preparado para recordar y a su vez olvidar tanto como recuerdan los elefantes y tanto como los inmemoriosos olvidan para siempre.

 

 

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